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Acerca de Abril Mejías Romhany

Estudié Periodismo porque quería ser como Abril O'Neil, la de las Tortugas Ninja

Capriles: “Vinimos a defender un sueño”

Ante una multitud de personas, el actual gobernador de Miranda cerró su campaña, en la que prometió que daría la vida por el estado y jamás iba a permitir que estuviese en oscuridad  de nuevo                                                                              

Abril Mejías Romhany

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Foto: Ana Vanessa Herrero

 

Para él, la partida no está en cero, la espera de los seis años no existe, el juego sigue en esta campaña, este domingo. Ganará la gobernación de Miranda, no lo duda. Desde la derrota, él no se quita sus zapatos marrones de la suerte: su esperanza no se gasta. El sueño ahora es Miranda. La capital, los Teques, se vistió de fiesta y Navidad para él este 13 de diciembre, para su segundo cierre de campaña del año.

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Foto:Prensa HCR

Las personas lo acompañaron con un entusiasmo renovado, luego de la derrota en las presidenciales. Lo acompañaron con la firmeza de un apoyo que no se doblega, como la ambición de él de seguir sirviendo para los ciudadanos del país El actual gobernador de Miranda aseguró que el estado nunca más entraría en la oscuridad, que se jugaba la vida por eso y por Venezuela.

Según la última encuesta de IVAD de este mes, Capriles está arriba con 54%, Jaua abajo con 29%. Y, a propósito de esto, de ver al gobernador enfrentándose a candidatos que no son Hugo Chávez, y de que exista el escenario de que el actual presidente no pueda tomar el poder en enero por problemas de salud, es oportuno mostrar las encuestas que Datanálisis realizó a principios del año, en las que se reflejó que si Chávez no es el candidato en las elecciones, Capriles Radonski obtiene la victoria ante diferentes líderes del PSUV.

 

Capriles Radonski 33.4% vs. Elías Jaua 29.5%

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Capriles Radonski 33.7% vs. Nicolás Maduro 23.3%

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Capriles Radonski 34.4% vs. Diosdado Cabello 20.4%

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Vídeo del cierre de Campaña:

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El café: más tragos dulces que amargos

Para poder leer este reportaje:

Abril Mejías Romhany

La producción de la bebida nacional ha bajado y de vez en cuando falta en los lugares de compra, sin embargo, los venezolanos se las ingenian para no perderle el paso al aroma de la mañana

Abril Mejías Romhany

“Yo puedo quedarme sin Harina Pan, sin queso, jamón, lo que sea. Pero no sin café, todo lo demás es sustituible”, dice Yanira Valles luego de tomarse un trago de un guayoyo caliente.

“El café escasea fuera de mi casa, dentro siempre tengo,
compro mucho café para no estar con esa preocupación de que si falta, de que si puede faltar, ¡qué va!”, le responde Rosa Moreno para apoyar lo que Valles expresa. Con la situación de escasez actual, puede desaparecer de los anaqueles por algunos días, pero los venezolanos

La cotidianidad del venezolano tiene aroma de café. El sociólogo Gustavo Michelena afirma que uno de los mecanismos de convivencia y de expresión social es el acto de consumirlo. Y aunque muchas otras sociedades también tengan esa costumbre, el hábito adquiere formas propias dependiendo de la sociedad, marcadas por la tradición.siempre consiguen que su despensa tenga café.

“Los distintos nombres que llevan las fórmulas, tamaños y gustos del consumo de la porción de café que se toma son invenciones urbanas, las cuales, aunque ligadas al pasado tradicional rural, son un invento colectivo del habitante urbano. La sola existencia de los nombres es un aporte a la cultura actual, constituyendo neologismos o ‘venezolanismos’ ya imprescindibles para la comunicación simbólica o no del venezolano actual”, explica Michelena. Las variaciones como “negrito”, “marrón” o “guarapo” caracterizan  las maneras de relacionarnos.

Pero el café no solo lleva consigo muchos nombres y sabores. El sociólogo también afirma que la costumbre de tomarlo añade a su “habitual” manera: horas, momentos, lugares, ocasiones y situaciones que tipifican o dan un tono específico a la acción venezolana particular
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“A ver cuando nos tomamos un cafecito” 

La bebida también se abre lugar en las expresiones comunes del venezolano. Aunque a la frase no necesariamente la siga una cita con café, guarda en ella unas intenciones. “Cuando tú le dices a una amiga ‘Oye, chica, a ver cuando nos tomamos un cafecito’, en realidad quieres decir ‘Me gustaría que estemos en contacto, aunque ahora no sé cuando voy a tener tiempo para reunirnos, ¡pero ganas no me faltan!’”, expresa María José González, una venezolana graduada en Tecnología de alimentos y chef que reside actualmente en República Dominicana.

Para la psicóloga Raiza Álvarez, la frase se concreta: “El café es una oportunidad para reunirse, una excusa para el encuentro, para compartir. Por eso uno asocia el café con momentos placenteros”.

El antropólogo George Mead habla en su libro Persona, espíritu y sociedad (1928) que  el niño aprende formas socialmente establecidas de comportarse y de mirar el mundo. Desde pequeño, los venezolanos tienen contacto con el café y todo lo que este supone: “A mí desde niña me daban guarapo en la mañana y veía como mis tías se reunían a tomar café y echar cuentos”, expresa Rosa Moreno. El sociólogo Michelena afirma que este hábito forma parte de los recursos de socialización.

Mirar atrás

En el mundo irrumpió el café en XXIII, primero en la gente corriente, luego llegó hasta la aristocracia. Para entonces otra bebida caliente se peleaba el puesto en la mesa: el chocolate. En el libro Gastronáuticas, el autor José Rafael Lovera dice que el chocolate y el café se tomaban a sorbos, y entre sorbo y sorbo era necesario llenar el tiempo. “Pausa de disquisiciones canónicas o de confirmación de viejos preceptos en el caso del chocolate; pausa periodística, de rápida lectura de hojas sueltas y gacetillas de ardiente corte político, en el caso del café”. En el mismo texto, se afirma que el café era más excitante, que avivaba el espíritu.

Según la Gaceta de Caracas, la capital inauguró sus primeros establecimientos para beber café en 1810 y 1812, en la misma época en la que se gestaba la independencia. En ellos se cuenta que se cruzaban informaciones y los principales líderes del movimiento independista discutían y analizaban la situación. Lo que permite pensar al café como esa bebida que efectivamente aviva el espíritu y da ese momento de calma que permite el encuentro y por ende, la conversación. Francisco de Sales Pérez, en su libro Costumbres venezolanas, escribió: “Café toma el progresista, café el radical, el librepensador”

Rápidamente el café se impuso como bebida nacional. La agricultura lo tomó como bandera. Según el libro La agricultura en la economía venezolana de Alberto Micheo, el café era para la economía nacional lo que el petróleo es para la actualidad (aunque, obviamente, en menor medida).

Luego, el impacto del petróleo vació los campos. El apoyo oficial en ventas agrícolas disminuyó después de 1920. En otro libro de Alberto Micheo llamado La existencia campesina, el autor afirma sin más: “El petróleo hundió el café”.

Necesidades y vicio

La economía de hoy en día también hace sufrir a quienes se dedican al café, en 2009 el gobierno expropió a dos de las principales productoras: Café Madrid y Fama de América. El argumento es que estaban ejerciendo un “monopolio” (lo que en realidad debería denominarse oligopolio) en la comercialización del producto. Con esto, el Estado tiene casi todo el control en ese mercado. Lo que parece no resultar: en el 2011, Venezuela fue uno los principales clientes de café de Nicaragua y la producción nacional bajó 31,74%, según Fedeagro.

Pero a pesar de esta situación, de las trabas y la economía a lo largo de los años, el café, de mejor o menor calidad, se mantiene sobre la mesa del venezolano. A veces más amargo y otras con un sabor dulce. Se mantiene porque es una costumbre necesaria que a veces llega al vicio. Porque no solo es un recurso de socialización, tomar café también es un acto individual que va más allá de las ganas de echar cuentos y verse con las amistades.

“Necesito el café en las mañanas. Si no lo tomo me da jaqueca y no puedo ir al baño. Es una necesidad”, afirma Gertrudis Anzola. “Me da ansiedad cuando no tomo café en el día”, cuenta Delfina Todea. “Yo sin café no puedo seguir el día. Es necesidad y vicio”, dice Rosa Moreno. “Puedo existir sin el café, pero un día no es bueno sin él”, aclara Carlos Núñez.

La psicóloga Álvarez explica que el acto de tomar café está tan arraigado en la mayoría de los individuos que ya se ha convertido en una necesidad, pues algunas personas relacionan el café con momentos placenteros o momentos para quitar el estrés. “Pero el café no es el que alivia las preocupaciones o proporciona esos instantes satisfactorios, como creen algunas personas, lo que sí permite él café es ese espacio para sentarse, para tomarse un tiempo y bajar el nivel de actividad, lo que hace posible pensar claramente y, en el caso de estar acompañados, conversar”.

González, la chef y especialista en alimentos, comenta que el café va más allá de un vicio. Incluso afirma que es un alimento: “Lo es por el hecho de que lo consumimos, no aporta calorías ni nutrientes, pero es parte de la dieta humana. También se podría decir que es medicinal, por la cafeína. Consumir un poco de jugo de limón y luego un café negro es una forma muy eficaz de quitar el dolor de cabeza, especialmente después de una resaca. Es diurético, lo cual es bueno si sufres de retención de líquidos y malo si lo consumes en exceso”.

Escapes  y calidad en tiempos de escasez

Según Historia de la alimentación en Venezuela, de Lovera, la zona andina es la región cafetelera por excelencia desde principios del siglo XIX. Sin embargo, Laura Torres, habitante del pueblo de Santo Domingo, en Mérida, afirma que en los abastos cuando hay café no hay opciones: solo se vende Café Brasil, uno producido en el estado. Afirma que las marcas de calidad han desaparecido. “En PDVAL y Mercal hay Café Venezuela (producido por el Estado), la mayoría  optar por ese producto porque es el que hay y es económico”.

La escasez debe recorrer un camino más largo para tocar a los productos producidos por el Estado. Es por ello que cuando faltan los corrientes, no hay otra opción que recurrir a estos.

En Barquisimeto, Gertrudis Anzola nunca se queda sin café. Siempre tiene una reserva de al menos dos kilos que guarda en el frízer. Una de sus hermanas no aguanta la mala calidad del café que se produce hoy en día en Venezuela y lo manda a pedir a Colombia. Gertrudis tampoco se conforma:  “El café venezolano es muy bueno, antes compraba una sola marca Flor de Patria o Café Madrid, ahora compro la que consiga por la escasez y si es regular lo ligo con uno de esos gourmet que son más caros y lo mejoro”.

La mamá de Yanira Valles está residenciada en el estado Nueva Esparta, cuenta que en diciembre tuvo que llevarle kilos de café ya que en la fecha no se conseguía casi nada.

Delfina Todea cuenta que cuando no se encuentra café con facilidad se comunica con sus amigas del trabajo y en las diferentes zonas donde viven en Caracas comienzan a buscar café y si alguna encuentra, manda un mensaje de texto a cada una de sus amigas para anunciarles la “buena nueva” y que corran a comprar.

González dice que actualmente prefiere el café dominicano y condena el hecho de que hoy en Venezuela no permiten hacer café de verdad. Por otro lado, a  Anzola le llama la atención que en Venezuela se tenga muy poca cultura sobre el café: “En otros países como España encuentras en supermercados o abastos especiales diferentes tipos de café, hasta granos para hacer mezclas personalizadas”.

Hoy en día, la situación no permite ser tan exquisito, la necesidad básica debe ser cubierta: tener café en la despensa. Cuando esto se cumpla sin miedo ni acaparamiento, tal vez la calidad, las texturas y las formas puedan ser exigidas y mezcladas para crear distintos aromas y, ¿por qué no?, hasta nuevos nombres (sin importar la cantidad innumerable de los que hoy se guardan en la venezolanidad).

“Hace un tiempo no se conseguía nada de café. Yo estaba loca buscando café y un compañero de trabajo me comentó que el estaba loco buscando leche para su hija. Yo sí había encontrado leche y al parecer él tenía café. Al día siguiente cambiamos leche por café, el primer trueque de mi vida”, cuenta Álvarez.

La actualidad ha llevado al venezolano hacia atrás, hacia la búsqueda desesperada en los estantes del mercado y de los abastos, a repetir el gesto de hombros hacia arriba denotando un “¿qué más da?” cuando el vendedor le anuncia que solo tiene ese café que no le gusta tanto. La variedad de opciones que supone el mundo de hoy no existe y el venezolano, de a poco, busca satisfacer sus necesidades, sus gustos, sus deseos, a pesar de esto, ayudado por su entorno. Tal vez los modos de resolver el desabastecimiento de productos se ha convertido de a poco en nuevo recurso de socialización.///

Entrevistados:

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“No hay última pregunta”

Sobre el libro Entrevistas Malandras del periodista venezolano Nelson Hippolyte

Abril Mejías Romhany

“No hay preguntas indiscretas, sino el momento preciso. Mucha de las que hice fue por algo: había mucha piedra suelta en el río que había que mover para desvelar al personaje”, djjo Nelson Hippolyte, en su libro Entrevistas Malandras.

La línea por la que caminan la mayoría de las entrevistas y los periodistas, un camino atestado de las mismas personas y de lugares comunes, se pierde y no aparece en un libro en el que Nelson Hippolyte se decide por los caminos inhóspitos. Tal vez porque ahí es donde están esos ríos con las piedras sueltas que él busca mover, aunque a veces, por más batuqueo insistente, nada se devele.

La manera de abordar los personajes pareciera consistir en descolocar en cada tanto a los entrevistados para que las respuestas preparadas de siempre no tengan lugar en el diálogo. Y a falta de respuestas preparadas y modos de ser calculados en estas situaciones, los personajes se muestran más humanos, más espontáneos y también más groseros.

“No hay última pregunta”, afirma el periodista en una entrevista que le realizó Daniel Centeno, la cual se encuentra en el propio libro, como la última de las entrevistas. Si no hay últimas preguntas, como afirma Hippolyte, puede significar que el punto final del diálogo lo colocan desesperadamente los entrevistados para, de alguna manera, protegerse. Porque estas entrevistas no buscan, como la mayoría, realzar a un personaje, darle brillo y una voz que diga lo que quiere decir para verse bien y mejor. Busca darle al personaje una voz que está dentro de él pero que la mayoría de las veces está escondida porque es una voz que desafina, que carraspea y que titubea porque no sabe mentir, o por lo menos no sin que se note.

El valor de estas entrevistas reside en que el periodista no se doblegó ante personalidades de gran renombre y se atrevió a preguntar sobre el rumor más indecoroso, el pasado incómodo, los secretos y los pensamientos más vanidosos. Porque como le dijo Raúl Amondaray en su entrevista con Hipppolyte: “Un artista que no es vanidoso no es artista”. El periodista supo jugarse esa afirmación para intentar dibujar el espejo alterado que ven los artistas cuando se miran.

Bajo estas fórmulas encontró a un Simón Díaz diciendo: “Si hubiera más Simón Díaz en esta vaina, el país sería otro”; a Susana Dujim con una  afirmación sin rastros de humildad: “soy un mito”; a María Conchita Alonso con histerismo y sin modestia: “Mi talento es infinito”; y a un Aldemaro Romero aclarando en “shores y en chancletas”: “Yo soy el mejor músico que ha tenido Venezuela en toda su historia”. Entre muchos otros ejemplos que colocan a los entrevistados mirando al cielo para encontrarse.

Para lograrlo, no basta solo la irreverencia ni la intención de desencajar y descubrir. Para llegar a descolocar verdaderamente a unos personajes que son reflejo de una época de la sociedad venezolana, hace falta documentación. Y no solo de esa documentación que precisa libros, biografías y palabras escritas. Se trata de una investigación que también usa voces anónimas escondidas detrás de esas figuras, papeles arrugados que se encuentran en el suelo, conexiones con personas relacionadas, noticias mandadas a guardar, rumores que ruedan con insistencia. De lo contrario, esas entrevistas nunca se podrían desviar por los caminos verdes. El periodista debe saber cuáles piedras mover para que un personaje se devele. El periodismo no funciona al azar y esta es una muestra.

Pero no siempre los entrevistados se sacan el traje para decir eso que nunca han dicho o explicado. Hay personajes que saben manejarse en el silencio y proteger el aura que construyeron sobre ellos. También están los que tienen su disposición limitada, como el caso de Celia Cruz, entrevista en la que la artista cubana no dice nada sorprendente o inesperado, donde resulta evidente que el factor tiempo no permitió un desarrollo mayor de la dinámica ni de la empatía.

Hippolyte no deja un lado el coloquialismo de los entrevistados. Pareciera no limpiar las respuestas, como para que los lectores puedan sentarse a su lado en el momento de leer la entrevista y sentir que está sucediendo en ese instante. En su estilo pregunta-respuesta deja poco espacio para las descripciones o explicaciones, escribe lo que pareciera considerar imprescindible o jugoso para que quien lea reconstruya el ambiente que hubo en la entrevista. Un ejemplo claro es la introducción de la entrevista de Aldemaro Romero: “Señoras y señores: y con ustedes el Maestro Aldemaro Romero en shores y en chancletas. En su casa. Con las uñas recién cortadas y un calzoncillo rojo intermitente”. Nelson Hippolyte le coquetea a la burla también.

El ritmo de la mayoría de las entrevistas es veloz, a veces como si se tratase de un contrapunteo. En la mayoría hay terceras personas que se colean en el diálogo: esposas, maridos, fotógrafos, señoras de servicio. El periodista toma en cuenta las diferentes participaciones para enriquecer la entrevista. Entiende que todo es importante en el momento en que enciende el grabador y el personaje y su alrededor están ahí para él (y para un fotógrafo).

El libro Entrevistas Malandras busca salirse del camino común, busca llamar la atención y no lo esconde. El nombre es la primera muestra. La Real Academia dice que “malandra” es una palabra coloquial que significa delincuente. Se entiende que el sentido estricto de la palabra no se sigue, pero es una manera de exagerar y darle un toque de sensacionalismo. La tapa del libro en la que guindan cabezas y patas de cochino lo confirma.

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“El escritor aspira a que su escritura construya una ciudad”

Juan Carlos Méndez Guédez

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El autor venezolano residenciado en Madrid respondió preguntas a través de la red social Twitter y afirmó que sus escritos giran en torno a la afectividad. Su próxima novela es Chulapos Mambo, editada por la editorial Lugar Común

Abril Mejías Romhany

El desplazamiento continuo entre ciudades y países marca la vida de Juan Carlos Méndez Guédez y también su escritura. Tal vez por la necesidad de permanencia y quietud piensa que los escritores sueñan con levantar su propio lugar.  Y entre territorios y calles, su última novela se sitúa en el humor mezclado con un verano madrileño.

El libro de Esther es su obra más conocida, fue publicada por primera vez en España en 1993, por la editorial Lengua de Trapo. En 2011 fue reeditada por la editorial Lugar Común, en Venezuela. “La novela es una historia de viaje, del amor como imposibilidad, de desafío al desgaste del tiempo, de regreso a la adolescencia. Quizás lo que atrapa es la idea de que la adolescencia nos entrega verdades que luego olvidaremos”, indicó Méndez Guédez en la entrevista realizada por su cuenta en Twitter: @mendezguedez, con una respuesta que no pudo limitarse a un tweet.

Su próxima novela Chupalos Mambo será publicada este año también por la editorial Lugar Común. Ya en España se publicó en 2011 con la editorial Cadadcartón. Para él las identidades locales no son un límite, piensa escribiendo en las personas del idioma español. “Quiero construir historias que conmuevan a un lector independientemente de su identidad local”, expresó.

Méndez Guédez lleva una ciudad dentro, una ciudad que trasciende y se mezcla con la que él quiere pintar con su escritura. Un lugar que tiene el Ávila en el fondo, el cielo de Barquisimeto, paredes doradas como Salamanca, un mar como el de Canarias, con olor aceite de oliva como Madrid…”Y es también Praga o París, Sevilla o Segovia. Es una ciudad proteica, múltiple, fragmentaria y total”.

Más allá de los lugares imaginarios y reales de donde se mueve, existe un duelo por haber dejado Venezuela. Expresó que allí quedó una vida incompleta, una vida posible. Y todavía hay momentos en los que sueña con más rabia que nostalgia, estar en el país, como cuando la masacre de Llaguno: “Me hubiese gustado estar allí con una piedra en la mano”. O cuando, hace poco, quemaban su casa de estudios donde se graduó de Letras, la UCV: “Hubiese deseado encontrarme ahí con los puños en alto”.

Con más de 15 obras publicadas, para Méndez Guédez la escritura dejó de ser vocación y se convirtió en necesidad. En un oficio de todos los días donde resuelve contradicciones en síntesis, donde sus personajes viajan como él y con él, porque que los viajes invitan a la sabiduría, porque sabe que emigrar es la posibilidad de renacer y eso hay que contarlo, según él.

Su literatura parece delinearse en el concepto de ciudad: “Cada ciudad te transforma. Cada una te regala la posibilidad de imaginar historias. Son  páginas en blanco. Una ciudad que desconocemos o conocemos parcialmente nos pide palabras para llenarla de imaginación, para hacernos en ella un suelo”. Y ese suelo múltiple se seguirá llenando, a través de sus libros, de personajes posiblemente destinados al desplazamiento y al desencuentro.

(9/1/2012)

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Entre boletos de Metro y malabares

Ender García

Foto: Katherine Denis

Su rutina se aleja de la de una persona común. Con 19 años se dedica a crear piezas de arte con tickets de tren y desde los 9 años lanza pelotas al aire para darle otro sentido a su vida

Abril Mejías Romhany

Cuando camina por la Universidad Católica Andrés Bello, tal vez luego de salir de algún laboratorio de Ingeniería, las personas lo distinguen por un pelo revoltoso, a veces un disfraz y unos objetos que están más en el aire que reposando sobre sus manos. Se saluda con más personas que cualquier representante estudiantil. La gente casi siempre le pregunta por sus piezas o por su malabares, él  nunca deja de contestar con una sonrisa. Es posible que la mayoría de las veces tenga una franela alusiva al Metro de Caracas.

Una conversación con su mejor amigo y unos boletos amarillos sobrando en alguna esquina de su casa fue el primer paso para la creación de Metroarte, la marca no oficial de las piezas que Ender García hace desde más de un año con tickets de Metro y silicón. La primera obra llegó sobre ruedas, en un  Volkswagen escarabajo. El diseño le tomó un mes y 15 días construirlo, con detalles internos como asientos, palanca y freno de mano, con medidas de 31 cm de largo, 14 cm de ancho y 12 cm de alto.

No todos los tickets han salido de la misma esquina de su casa. Cuando terminaba el carro, tuvo que ir a una estación a pedir más. Los trabajadores del Metro de Caracas le hicieron firmar muchos papeles por miedo a que se pusiera a venderlos en la calle como nuevos. Ese día le dieron 17 mil y pudo terminar el automóvil con el que todos sus conocidos sueñan.

Un Pacman, figuras de Tetris, corazones, el conocido muñeco Pikachú (inspirado en el pixel art), micrófonos y una guitarra en tamaño real han sido varias de sus últimas piezas. La acumulación de obras hizo que tomara la decisión de comenzar a vender lo que hacía y a realizar por encargo. “No vendo para lucrarme, lo hago para dejar espacios para las nuevas cosas que haga, comprar la pega y darme unos pocos gustos”, expresa García. El precio depende del tiempo invertido, por ejemplo, un corazón le toma dos días y cuesta 80 bs.

No quiere trabajar solo, le gustaría que un grupo se dedicara con él a realizar esos trabajos para aprovechar de reciclar boletos y además exponerlos en las estaciones. García ya habló con los encargados y le dijeron que para hacer una galería en el Metro tenían que haber mínimo veinte obras. “Reunirlas no es nada fácil”, dijo sobre esto.

Cuando se le pide que le ponga nombre a lo que hace sólo alcanza a decir: “Yo no considero que lo que hago sea arte, porque para eso yo tendría que llamarme artista y eso no es así, no me considero tan importante, sólo soy una persona con mucho tiempo libre y que trabaja mucho. Yo he visto arte de verdad y me apasiona, cosas que sí son arte”. Las personas que han visto lo que hace, discrepan de su visión.

Ender García no siente especial afinidad con el Metro de Caracas, fue el uso continuo y fijo en su día a día lo que le hizo empezar con esta actividad. Piensa que Caracas sería todavía más caótica sin este medio de transporte y afirma que es la sobrepoblación y el comportamiento de la gente, más que el servicio, los problemas del Metro.

“Yo con mis piezas quiero enseñar que hay cosas en la vida que las tomamos tan cotidianamente que en seguida las encajonamos en una idea. En que por ejemplo, el ticket sólo sirve para  poder viajar en el tren, luego lo botas o lo destruyes. El plan es que la gente entienda que los elementos con los que nos relacionamos tienen diferentes alcances, las cosas no están decididas para ejercer una sola función. Hay que conseguir ideas y unirlas con diferentes materiales, para así crear y además, como en este caso, poder reciclar”, dice García.

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Juguetes al aire

A los 9 años comenzó a tirar manzanas al techo y logró, de a poco, empezar a hacer malabares. Hoy en día no se limita a las pelotas y mucho menos a las manzanas, también usa el  diábolo (su esp

ecialidad), mazas, bastones del diablo, entre otros objetos. Hace un poco de todo siempre pensando en que algún día enseñará todo lo que sabe y quiere que sus alumnos tengan una gama de opciones según sus intereses.

Enseñar no es algo que ha pensado con v

aguedad, ya se comunicó con la Dirección de Cultura en la Universidad Católica Andrés Bello para montar su escuela de malabarismo.   Luego, le gustaría que de ella saliera un grupo que tenga presentaciones y pueda mantenerse igual que otras agrupaciones de la UCAB como la de teatro o telas. Ender García quiere que el malabarismo quede como una actividad que los ucabistas tengan siempre como opción, incluso cuando él se gradúe.

“Esta actividad para mí es un ar


te que acá no se aprecia. En Venezuela, de hecho, asocian la idea del malabarista con la indigencia, con la gente que pide en las calles. Me gustaría sacar a las personas de esa idea y llevarlas a una en la que piensen en que es algo increíble, algo que precisa habilidades que no todos pueden tener”, dice García.

Su día a día es distinto al de cualquiera, pero no busca lo extraordinario: “Yo no quiero salirme de la cotidianidad, como muchos me dicen siempre, las cosas que hago son más bien para añadirlas a mi rutina, para hacerla especial y estar feliz”.


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Una tarde al mes para leer en voz alta

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Fotos: Cristina Reni

Fundado por Nora Bustamante, el grupo de lectura Visión cumple 38 años e incluye a gente de distintos oficios, entre ellos el de escritor. Se congrega en distintas casas todos los meses y la producción nacional encabeza las lecturas

Abril Mejías Romhany

El último jueves de cada mes, un texto es puesto sobre la boca de aproximadamente veinte personas que se reúnen en alguna casa caraqueña para conversar acerca de la obra citada para el día.

Suena la campana. Para los del grupo Visión eso solo puede significar una cosa: comienza la sesión. Si suena sin delicadeza y con más insistencia, seguramente Nora Bustamante está perdiendo la paciencia. Cuando todos ya están sentados, con la expectativa hecha silencio, es hora de comenzar. Los primeros momentos los toman un presentador del libro y un presentador del presentador del libro (no les importa si suena redundante). Y es así como un libro empieza a estar en la boca de quince o veinte personas que se dedicaron a él todo un mes.

El grupo fue creado en 1973, cuando Nora Bustamante llegó a Caracas. Bastó hacer unas llamadas, para que quince amigas se unieran al plan de colocar libros y comentarios sobre la mesa. No era la primera vez que Nora Bustamante fundaba un grupo de lectura; ya lo había hecho en su Maracaibo natal con el grupo Semana, el cual todavía se mantiene. En San Cristóbal también creó uno llamado Ilia Rivas de Pacheco, en honor a la poeta tachirense.

Los libros son elegidos en sesiones destinadas a ello. La literatura nacional contemporánea tiene prioridad. No por razones nacionalistas, sino porque les agrada darse el gusto de que el presentador del libro sea el propio autor. Y es por eso que escritores como Salvador Garmendia, Leonardo Padrón, Fedosy Santaella, Inés Quintero, Alexis Romero, José Balza y muchos más han asistido a las tertulias para hablar y escuchar de sus libros.

Nora Bustamante es una médica de Maracaibo que dejó de ejercer su profesión por motivos personales y desde entonces no ha dejado los libros. Y no sólo los lee, sino que también los escribe. Todos sobre el tema que más le apasiona: la Historia de Venezuela. El último publicado en 2007 por la Fundación Isaías Medina Angarita se titula Medina: Militar civilista gran demócrata. En 2004 se incluyeron varios de sus artículos en el libro Chávez de papel, de la editorial Actum.

Bustamante llegó a ser presidente de la Sociedad Venezolana de la Historia de la Medicina. Así como Directora del Archivo Histórico de Miraflores. Puestos que ninguna mujer había conseguido antes. En 2001 fue incorporada como individuo de número de la Academia Nacional de la Historia.

No todos los integrantes del grupo tienen un currículo como el de la fundadora, tampoco hace falta. Entre los miembros de Visión se consiguen biólogos, administradores, abogados, psicólogos, amas de casa, bioanalistas, periodistas, entre otros profesionales. “La variedad permite que las sesiones se conviertan en un caleidoscopio, donde el libro es la figura vista de distintas formas. Basta que cada uno hable para que éste se vaya moviendo y se dibujen diferentes visiones”, dice Alessandra Hernández, una de las integrantes.

Dentro de la diversidad de personas, los escritores también ocupan sillas. Krina Ber, Ana Teresa Torres, Antonieta Madrid, Laura Febres, Marisol Marrero y Eduardo Liendo se dan cita en el grupo. “Yo vine una vez para presentar mi libro y ya soy parte de esto. Me adoptaron. El grupo es un estímulo, una reunión de casas múltiples. Las personas te hacen creer que los libros valen la pena, que lo que he escrito no es inútil. Y es que si yo me he sentido escritor alguna vez, ha sido en este grupo”, dijo Eduardo Liendo en la pasada sesión de abril.

El grupo parece darles más que un hábito de lectura. Les da un espacio de encuentro entre las páginas donde la conversación, más que la tinta, hace que un día al mes contenga una suerte de magia compartida que se sostiene en un libro.

(Nota publicada en la revista El Librero, 2011)

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Una fiesta de té que ahora es de papel

Toto Aguerrevere: “Soy un bloguero que tuvo la suerte de publicar su libro”

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Foto: Clara Machado

 

En Cuentos de sobremesa, Toto Aguerrevere recopila 40 textos publicados en su blog y les suma 10 historias inéditas. El humor, la cotidianidad y Caracas son las constantes que no dejan de repetirse en cada página

            Abril Mejías Romhany

Más de mil entradas se despliegan del blog de Toto Aguerrevere desde que lo abrió en junio de 2008. Su intención ha sido contar lo que pasa a su alrededor para no olvidarlo. Y su alrededor contiene a sus amigos, familiares y a toda una ciudad caótica que parece disfrutar. “Me creé toda mi fantasía de mi tea party de Alicia en el país de las maravillas para echar cuentos de las locuras de la gente que tengo al lado”, dice. De ahí que el título de su sitio sea Conversations Overheard at the Mad Hatter’s Tea Party (Conversaciones oídas en la fiesta de té del Sombrerero Loco). El idioma inglés se cuela siempre en sus textos, dice que es porque así piensa, en dos lenguas.

Sus amigos fueron los primeros en ocupar las sillas para ver el stand-up comedy de su blog. Luego, la sala se fue llenando de desconocidos que llegaron a tomar el té frente a la pantalla de una computadora. Las intenciones de Aguerrevere no eran más que hacer que las personas que asistan a su fiesta dejaran en el perchero sus molestias y se sentaran a reírse por unos minutos.

A pesar de que siempre había tenido inquietud por publicar un libro, la idea de sacar Cuentos de sobremesa no fue suya. “Cuando el blog comenzó a tener muchos seguidores, una amiga me llegó con la propuesta diciéndome que había que aprovechar el auge y yo no sabía ni qué hacer. Soy la persona con menos motivación para los negocios. Nunca pensé que el blog que estaba escribiendo podría convertirse en un libro”.

El libro no pasó por el drama de rechazos en las editoriales. La razón de que sea edición de autor responde a la ignorancia del mercado. “No supe cómo era ese acercamiento con las editoriales. Lo veía como algo muy lejano y además ajeno, pues pensaba que no valdría la pena, que este libro se vendería muy poco. Yo dije: sacamos mil copias para que los amigos compren 600 y mi abuela, por lástima, compre 400”, dice entre risas. Nunca imaginó que del 9 de noviembre de 2010 al 9 de diciembre del mismo año se agotarían todas las copias. Actualmente la segunda edición está por agotarse y probablemente la abuela no lleva comprado más de un libro.

En Cuentos de sobremesa se recogen 40 textos que ya había publicado en su blog, más 10 historias inéditas que escribió especialmente para el libro. Todos los cuentos intentan llegar a los lugares comunes de la gente, a las situaciones que la ciudad pareciera obligar y que, entre tanto caos, resultan graciosas si se saben contar. 

Como él mismo dice, su oficina y su origen es el blog. Cuando no está dando clases en la Universidad Metropolitana o encargándose de traducciones legales, está “echando cuentos” en su espacio virtual. “No me considero un escritor formal, yo soy un bloguero que tuvo la suerte de publicar su libro”.

El autor afirma que su libro se lee fácil y que no tiene mayor complejidad. “Cuentos de sobremesa es un título básico que encierra todo lo que puedes hablar. Y eso es la sobremesa. Es como una especie de embriaguez, una sucesión de conversaciones ilógicas que tienen poco que ver entre sí. Una sola palabra, sonido, pensamiento u olor es el detonante para que se dé la siguiente conversación. Y eso es el libro, por eso no necesita leerse en orden. Hay cincuenta conversaciones para elegir y leerlas poco a poco”.

Para Aguerrevere la ciudad conserva un lado amable que hay que retratar con las letras y soltar con las risas. Para él falta más reconocimiento caraqueño a través de los escritos y más humor, por eso insiste en entregarlos, por ahora, en su libro y en la fiesta de té que no deja de tener lugar en http://totoaguerrevere.blogspot.com/.

(Nota publicada en la revista El Librero, 2011)

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