“No hay última pregunta”

Sobre el libro Entrevistas Malandras del periodista venezolano Nelson Hippolyte

Abril Mejías Romhany

“No hay preguntas indiscretas, sino el momento preciso. Mucha de las que hice fue por algo: había mucha piedra suelta en el río que había que mover para desvelar al personaje”, djjo Nelson Hippolyte, en su libro Entrevistas Malandras.

La línea por la que caminan la mayoría de las entrevistas y los periodistas, un camino atestado de las mismas personas y de lugares comunes, se pierde y no aparece en un libro en el que Nelson Hippolyte se decide por los caminos inhóspitos. Tal vez porque ahí es donde están esos ríos con las piedras sueltas que él busca mover, aunque a veces, por más batuqueo insistente, nada se devele.

La manera de abordar los personajes pareciera consistir en descolocar en cada tanto a los entrevistados para que las respuestas preparadas de siempre no tengan lugar en el diálogo. Y a falta de respuestas preparadas y modos de ser calculados en estas situaciones, los personajes se muestran más humanos, más espontáneos y también más groseros.

“No hay última pregunta”, afirma el periodista en una entrevista que le realizó Daniel Centeno, la cual se encuentra en el propio libro, como la última de las entrevistas. Si no hay últimas preguntas, como afirma Hippolyte, puede significar que el punto final del diálogo lo colocan desesperadamente los entrevistados para, de alguna manera, protegerse. Porque estas entrevistas no buscan, como la mayoría, realzar a un personaje, darle brillo y una voz que diga lo que quiere decir para verse bien y mejor. Busca darle al personaje una voz que está dentro de él pero que la mayoría de las veces está escondida porque es una voz que desafina, que carraspea y que titubea porque no sabe mentir, o por lo menos no sin que se note.

El valor de estas entrevistas reside en que el periodista no se doblegó ante personalidades de gran renombre y se atrevió a preguntar sobre el rumor más indecoroso, el pasado incómodo, los secretos y los pensamientos más vanidosos. Porque como le dijo Raúl Amondaray en su entrevista con Hipppolyte: “Un artista que no es vanidoso no es artista”. El periodista supo jugarse esa afirmación para intentar dibujar el espejo alterado que ven los artistas cuando se miran.

Bajo estas fórmulas encontró a un Simón Díaz diciendo: “Si hubiera más Simón Díaz en esta vaina, el país sería otro”; a Susana Dujim con una  afirmación sin rastros de humildad: “soy un mito”; a María Conchita Alonso con histerismo y sin modestia: “Mi talento es infinito”; y a un Aldemaro Romero aclarando en “shores y en chancletas”: “Yo soy el mejor músico que ha tenido Venezuela en toda su historia”. Entre muchos otros ejemplos que colocan a los entrevistados mirando al cielo para encontrarse.

Para lograrlo, no basta solo la irreverencia ni la intención de desencajar y descubrir. Para llegar a descolocar verdaderamente a unos personajes que son reflejo de una época de la sociedad venezolana, hace falta documentación. Y no solo de esa documentación que precisa libros, biografías y palabras escritas. Se trata de una investigación que también usa voces anónimas escondidas detrás de esas figuras, papeles arrugados que se encuentran en el suelo, conexiones con personas relacionadas, noticias mandadas a guardar, rumores que ruedan con insistencia. De lo contrario, esas entrevistas nunca se podrían desviar por los caminos verdes. El periodista debe saber cuáles piedras mover para que un personaje se devele. El periodismo no funciona al azar y esta es una muestra.

Pero no siempre los entrevistados se sacan el traje para decir eso que nunca han dicho o explicado. Hay personajes que saben manejarse en el silencio y proteger el aura que construyeron sobre ellos. También están los que tienen su disposición limitada, como el caso de Celia Cruz, entrevista en la que la artista cubana no dice nada sorprendente o inesperado, donde resulta evidente que el factor tiempo no permitió un desarrollo mayor de la dinámica ni de la empatía.

Hippolyte no deja un lado el coloquialismo de los entrevistados. Pareciera no limpiar las respuestas, como para que los lectores puedan sentarse a su lado en el momento de leer la entrevista y sentir que está sucediendo en ese instante. En su estilo pregunta-respuesta deja poco espacio para las descripciones o explicaciones, escribe lo que pareciera considerar imprescindible o jugoso para que quien lea reconstruya el ambiente que hubo en la entrevista. Un ejemplo claro es la introducción de la entrevista de Aldemaro Romero: “Señoras y señores: y con ustedes el Maestro Aldemaro Romero en shores y en chancletas. En su casa. Con las uñas recién cortadas y un calzoncillo rojo intermitente”. Nelson Hippolyte le coquetea a la burla también.

El ritmo de la mayoría de las entrevistas es veloz, a veces como si se tratase de un contrapunteo. En la mayoría hay terceras personas que se colean en el diálogo: esposas, maridos, fotógrafos, señoras de servicio. El periodista toma en cuenta las diferentes participaciones para enriquecer la entrevista. Entiende que todo es importante en el momento en que enciende el grabador y el personaje y su alrededor están ahí para él (y para un fotógrafo).

El libro Entrevistas Malandras busca salirse del camino común, busca llamar la atención y no lo esconde. El nombre es la primera muestra. La Real Academia dice que “malandra” es una palabra coloquial que significa delincuente. Se entiende que el sentido estricto de la palabra no se sigue, pero es una manera de exagerar y darle un toque de sensacionalismo. La tapa del libro en la que guindan cabezas y patas de cochino lo confirma.

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